domingo, 18 de noviembre de 2007

Un rey entró a una cárcel.
Todos los presidiarios comenzaron a gritar,
"sáqueme, sáqueme, soy inocente, me acusaron falsamente"...
Pero el rey fijó sus ojos en un sujeto sentado en una esquina, sin siquiera mirar a los demás. El rey se le acercó y le preguntó porqué estaba ahí encerrado
"Porque cometí un asesinato, soy culpable.. merezco el castigo"
Entonces el rey, dijo a grandes voces:
"Sacad a este hombre de aquí, no quiero que este culpable contamine a todos estos inocentes"

Este pensamiento, veía acompañado de un consejo para orar:
Pidamos por misericordia, no por justicia.

Por lo general, los cristianos caemos en una prueba difícil de identificar. Vemos a nuestro alrededor, con tristeza, pesonas que transitan, desanimadas, cansadas y cada vez hay menos alegría en los rostros de las personas. Y si hubiese risa, ¿No se borra esta a los segundos, al recordar sus preocupaciones diarias?...

Aunque vemos esto constantemente, no nos toca el corazón y la paciencia, hasta cuando un amigo o amiga viene a nosotros con la autoridad de humano herido, alejados de Dios, llenos de tristeza y vociferando contra su mala suerte. Por más que queramos ayudarles, hablarles del consuelo eterno y maravilloso que conocemos, estudiamos, y junto a quien caminamos; se vuelven oídos sordos.

Sobretodo para los jóvenes es difícil moldear el carácter: no exaltarnos ante un argumento triste, falso, falto de Dios.. es difícil no irritarnos, o no desear que caiga justicia del cielo para favorecernos ante nuestro enemigo, o quien nos desee mal, quien nos haya ofendido, o nos haga sentir mal. Incluso, es difícil no desesperarnos ante una decisión equivocada, con "orejas de pescado", de alguien a quien estimamos.

Jesús debe ser nuestro ejemplo, citando al profeta jeremías, nos dijo que antes de holocaustos y sacrificios, hay un Dios, grande, maravilloso y amante, lleno de misericordia. Amamos a nuestros amigos, y queremos que sean hombres y mujeres de éxitos, que encuentren la felicidad, y la sanidad para sus tristezas... pero no siempre somos escuchados. ¿Qué hacer?

Orar, y refugiarnos en el Señor, para no dudar, para no sentirnos desfallecer, para quizás insistir en el momento exacto, para que el Espíritu venga a nosotros y dar testimonio vívido, recuperar la paz y la paciencia, ser humildes y serviciales.

Orar a ese Dios de amor, el que tiene una paciencia inimaginable, que perdona las debilidades de cada uno de sus hijos, que perdona incansablemente a cada uno, ¡no importa cuantas veces se arrepientan! Él nos ama, nos dice a cada momento y en cada detalle, que nos ama. Oremos para que en algún momento, aquellos que evitan oír la verdad, la sientan ineludiblemente.

Por ser cristianos NO estamos excentos de equivocarnos, NO lo sabemos todo, no estamos por sobre la obediencia, ni tenemos privilegios en cuanto a la ley. Aceptemos el amor de Dios, busquemos conocerle, pidámosle su revelación; Él nos iluminará el camino.

Por: Mónica Almendrae

No hay comentarios: